Hace casi un siglo, los cofres reales de Gran Bretaña atesoraron un diamante tan grande como una berenjena. Pensar en sus quilates provoca mareos: 3.106 (unos 638 gramos de peso). Hoy, la reina Isabel II tampoco se priva de lujos cuando tiene invitados a comer: su salero de oro sólido mide 46 centímetros de alto y pesa 6,3 kilos. Con sorna sajona, los súbditos siempre lo han conocido como "la sal del Estado".

Claro que los gustos exquisitos en la Corte son una tradición. En 1830, el rey Guillermo IV quiso que cada rubí, zafiro o perla que existiese disponible luciera en su corona. El artefacto resultó tan pesado que al coqueto monarca le provocó un severo dolor en el cuello y en la dentadura. Resultado: su coronación fue un fiasco pues la ceremonia debió interrumpirse para que le extrajeran el molar.

La historia de las joyas de la corona británica se remonta a unos 1000 años atrás, pero la colección ha cambiado innumerables veces durante los siglos. La razón es simple: los reyes y sus familiares han tenido que empeñar sus joyas para poder hacer la guerra, reconstruir palacios quemados y pagar dotes reales. En la Edad Media, los monarcas, como rutina, llevaban las joyas de la corona con ellos a los campos de batalla. Se debía en parte a que no confiaban en sus primos que se quedaban en los palacios y, además, porque las brillantes diademas tenían que ser empeñadas para alimentar a los soldados.

La realeza hizo las cosas más difíciles al equipo inventariador por la costumbre de mover piezas de una joya a otra. Así, un zafiro que se suponía debía estar en un anillo del rey Eduardo El Confesor, cuando fue enterrado en el siglo XI, ahora está colocado al tope de la "Imperial State Crown", la corona que la reina Isabel II usa cada noviembre para la apertura del Parlamento. Esa misma corona está incrustada con un par de diademas que cayeron del collar de la reina de Escocia María Estuardo cuando fue decapitada en 1587.

Por siglos, la familia real estuvo tan quebrada que tenía que alquilar gemas a los joyeros londinenses para colocarlas en las coronas usadas cuando era ungido un rey o en otros momentos rutilantes. Pero, a medida que Gran Bretaña se fue convirtiendo en una potencia imperial, la familia real pudo acumular su propia reserva de coronas, pendientes, prendedores y ornamentos de oro, plata y platino.

La reina Victoria, aquella que en el siglo XIX impuso una férrea disciplina moral y que con su nombre bautizó toda una época, fue particularmente una ávida coleccionista. Según el inventario, se deleitaba con los botines traídos de su imperio esparcido por todo el mundo. Entre sus presas estuvieron el diamante hindú conocido como el "Kohinoor", del tamaño de un pulgar; o la "Montaña de Luz", la joya que inspiró la historia de misterio "La piedra lunar", del escritor Wilkie Collins.

El "Kohinoor" era un diamante de envergadura entre las piedras preciosas con sus 186 quilates (38 gramos de peso). Para valorar su importancia debe comparárselo con el "Smithsonian", el más famoso de EE.UU., cuyo peso es de 45 kilates. Hoy el "Kohinoor" es uno de los 2.800 diamantes de la corona de la reina madre y abuela del príncipe Carlos.

Pero hasta el brillo de estas piezas empalidecería al lado del más grande diamante jamás descubierto: el "Cullinan", aquel con tamaño de berenjena.

Fue encontrado en Pretoria, en 1905. Como Sudáfrica era entonces una colonia británica, se convino que la gema sería enviada en barco a Londres para su presentación al rey Eduardo VII. Claro que había un problema: cómo enviarla sin que cayera en las garras de los ladrones de joyas. La piedra, en efecto, se había vuelto la pieza de los sueños. Y los encargados del transporte pasaron meses ideando una forma segura de llevarla a Londres.

Al final, el Scotland Yard -pragmático como todo británico que se precie de serlo- dio con la regla a seguir: "cuanto más simple, mejor". Así, el diamante fue mandado en un paquete sin identificación por el servicio de encomiendas normal como si fuera una plebeya caja de zapatos remendados. Un mes después llegó al Palacio de Buckingham. El "Cullinan" fue cortado en un juego de enormes gemas conocidas como las "Stars of Africa".

Hoy, el diamante "Star of Africa I", del tamaño de un huevo y de 530,2 quilates (103 gramos de peso), está colocado en el cetro real que cada nuevo monarca británico lleva en la ceremonia de coronación. El "Star of Africa II", de 317,4 quilates (63 gramos) es usado a veces como prendedor por la familia real.

El inventario oficial también contiene todos los objetos de los relumbrantes depósitos donde se conserva la vajilla oficial de la reina. Aquel salero de 6,3 kilos, ha sido hasta eclipsado por el "Grand Punch Bowl", una pieza de oro, de la medida de una bañadera, con capacidad para 110 litros de champán. La reina Victoria hacía bautizar a sus hijos en ella.

Tantos años de inventarios no han servido para resolver la pregunta del millón. "Todos quieren saber cuánto valen", dice Bury, la historiadora que trabajó en el inventario. "Hay una sola respuesta que a nadie satisface: todo es invalorable".